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Escultura, máscaras y escenografía · México · Naturalista y artesano

Zoé Schott

Portrait of Zoé Schott

Un naturalista a la caza de la belleza y de la luz que revela las formas.

Zoé Schott es un artista que concibe la creación como un ejercicio de observación, contemplación y transformación de la materia. Se define como un naturalista “a la caza de la belleza y de la luz que revela las formas”, y encuentra en la naturaleza y el silencio el punto de partida de su práctica. Más que trabajar desde una técnica única, su proceso comienza con la atención: recolecta y clasifica materiales, descubre sus cualidades y, a partir de ellas, construye nuevas formas y personajes.

Su trayectoria comenzó con la creación de máscaras y títeres y se extendió hacia el teatro, el vestuario, la utilería, la escultura y la escenografía. Esta diversidad forma parte esencial de su manera de trabajar: para Schott, lo importante no es la disciplina o el objeto final, sino elevar progresivamente la dificultad de cada obra, investigar, aprender y refinar la técnica. Su método consiste en enlazar mundos, detallar las formas y ensamblar sus partes hasta alcanzar una unidad.

En su pensamiento, el arte tiene también una dimensión espiritual. Lo describe como un acto religioso, semejante a una oración, y entiende la belleza no únicamente como algo que se observa con los ojos, sino como una experiencia que involucra todo el cuerpo. De ahí que su trabajo busque conmover y revelar aquello que puede permanecer oculto en los objetos y materiales cotidianos.

Su obra parte así de una idea recurrente: dar una nueva posibilidad a aquello que encuentra. Maderas, objetos y materiales adquieren otro significado al pasar por sus manos. En lugar de imponerles una forma, Schott procura descubrir lo que ya contienen y conducirlos hacia una nueva existencia. Su práctica se sitúa entre la naturaleza, la imaginación y el oficio, entendiendo el acto artístico como una forma de encontrar —y hacer visible— la belleza que ya habita en las cosas.

Obras seleccionadas

  • Gatotem mito2026

    Gatotem mito nace del encuentro entre naturaleza, animal y objeto ritual. Una figura felina corona una arquitectura de espinas entrelazadas que asciende como un pequeño tótem: un ser imposible construido a partir de formas que ya existían en la naturaleza.

    Las espinas, concebidas originalmente como defensa, cambian de función al pasar por las manos de Schott. Seleccionadas y ensambladas una a una, se convierten en extremidades, gestos y estructura. Lo que protegía ahora construye; lo que podía herir adquiere una extraña delicadeza.

    El nombre juega con tres ideas —gato, tótem y mito— y sitúa a la pieza en un territorio entre lo reconocible y lo fantástico. El gato aparece como guardián de este pequeño universo, mientras la repetición de las espinas produce una presencia casi ceremonial, como si se tratara de un objeto perteneciente a una mitología desconocida.

    En Gatotem mito, Schott trabaja desde uno de los principios centrales de su práctica: observar la materia hasta descubrir la forma que ya parece habitar en ella. Más que transformar la naturaleza, la pieza propone imaginar qué otras vidas podrían estar escondidas dentro de sus fragmentos.

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  • Guardián del viento2026

    Guardián del viento parece surgir de un herbario perteneciente a otro mundo. Una figura animal se construye a partir de espinas de araucaria, organizadas cuidadosamente hasta formar un cuerpo que oscila entre criatura, planta y objeto ceremonial.

    En la pieza, Schott encuentra anatomía donde antes había fragmentos naturales. Las espinas se convierten en un cuerpo cubierto de escamas o plumas; una pequeña cabeza felina observa desde lo alto, mientras dos elementos semejantes a plumas se abren en la base. La composición queda contenida por formas circulares que recuerdan ciclos, órbitas o corrientes invisibles.

    El título introduce al viento como aquello que no puede verse, pero cuya existencia conocemos por lo que mueve. El guardián parece habitar precisamente ese límite: permanece inmóvil, construido con materia recolectada de la naturaleza, pero evoca movimiento, ligereza y transformación.

    Como ocurre de manera recurrente en la práctica de Schott, la obra nace de observar antes que imponer. Cada fragmento conserva su identidad y, al ensamblarse con otros, adquiere una segunda vida. Guardián del viento convierte así restos naturales en una criatura protectora: un pequeño custodio de aquello que existe, se siente y nos rodea, aunque no podamos verlo.

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  • Bailarinas2026

    En Bailarinas, pequeñas figuras suspendidas parecen haber sido sorprendidas a mitad de una coreografía. Cada cuerpo nace del ensamblaje de formas orgánicas encontradas por Schott: curvas, puntas, semillas y pequeños fragmentos que, al reunirse, adquieren inesperadamente anatomía, gesto y movimiento.

    La verticalidad del móvil funciona como un escenario abierto. Las bailarinas aparecen a distintas alturas y cada una adopta una postura diferente: se extienden, giran, ascienden o parecen dejarse caer. Al estar suspendidas, sus posiciones nunca son completamente estáticas; las corrientes de aire introducen movimientos mínimos y hacen que la composición cambie sutilmente con el espacio.

    Aquí, Schott lleva su observación de la naturaleza hacia el cuerpo humano. Una curva encontrada puede convertirse en una pierna; una semilla, en una cabeza; una pequeña concha, en vestuario. La materia sugiere el personaje antes de que el artista lo construya.

    Bailarinas habla así de equilibrio, gravedad y ligereza. Una coreografía diminuta en la que elementos provenientes de distintos mundos encuentran una segunda existencia y, por un instante, parecen aprender a bailar.

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  • Dragoncines2026

    En Dragoncines, Zoé Schott imagina una pequeña familia de criaturas suspendidas entre lo animal, lo vegetal y lo fantástico. Formas orgánicas encontradas y ensambladas se convierten en hocicos, alas, colas y cuerpos sinuosos: pequeños dragones que parecen haber estado escondidos dentro de la materia esperando ser descubiertos.

    Cada dragoncín posee una anatomía distinta. Algunos recuerdan aves, otros reptiles o criaturas marinas, pero ninguno pertenece por completo a una especie reconocible. Esa ambigüedad es parte de su encanto: Schott no reproduce animales, sino que encuentra personajes posibles en las formas que ofrece la naturaleza.

    Suspendidas a diferentes alturas, las criaturas reaccionan delicadamente al aire y modifican constantemente su orientación. El móvil se convierte así en un pequeño ecosistema en movimiento. Las sombras amplían la pieza sobre el muro, duplicando sus habitantes y creando una segunda composición que aparece y desaparece con la luz.

    El título, Dragoncines, reduce la escala del mito y lo vuelve cercano, casi afectivo. No son grandes bestias legendarias, sino criaturas mínimas nacidas del juego, la observación y el ensamblaje: una mitología doméstica construida a partir de aquello que alguna vez perteneció al mundo natural.

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